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¿Es bueno el chupete?

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Vamos a hablar de un objeto tan odiado como adorado, un objeto que ha pasado por todas las modas en puericultura y ha estado presente en todas las clases sociales, que sigue siendo amigo de los bebés y nos sirve de gran ayuda, pero que aún nos trae dolores de cabeza de vez en cuando. ¿Es bueno el chupete?

Martes, Mayo 10th, 2016

Escena de pánico. A lo mejor os ha pasado esto alguna vez: es hora de poner al niño a dormir y no encontráis el chupete por ningún lado. Está cansado y llora de sueño, pero no se va a dormir sin el objeto mágico.

 

Cada vez se pone más nervioso y vosotros, tres cuartos de lo mismo, mientras adoptáis posturas imposibles rebuscando debajo de la cama, entre los cojines del sofá o debajo de los muebles. Vaciáis cajas llenas de juguetes, inspeccionáis palmo a palmo toda la casa reconstruyendo mentalmente el recorrido de la criatura y, al final, os echáis las culpas el uno al otro por ser tan descuidados. Los reproches suben de tono y, con ello, también los llantos del bebé. ¡Menuda nochecita os espera! Con la hora que es, sólo os quedan dos soluciones: buscar una farmacia abierta o pasarse una hora meciendo al niño para que se calme. Maldecís el día en que se os ocurrió darle semejante objeto del demonio, que los ingleses llaman, muy acertadamente, "pacifier". ¡Y tanto que hay paz con el chupete!

 

Acusado de todos los males, como el pulgar

A menos que seas una madre muy organizada, que piensa en todo, que siempre tiene cuatro o cinco chupetes de recambio en un cajón, seguro que ya has experimentado esta situación o, si no has pasado por ello todavía, no te quepa duda de que lo harás. Piensa que éste es el peor efecto secundario que puede producir el inocente chupete.

Pero ¿es tan grave como para prohibirlo por ley? Seguramente no fue éste el motivo que, el 6 de abril de 1910, llevó a los diputados franceses a votar una ley que prohibía la venta y fabricación de chupetes de goma. De todos modos, la ley no se llegó nunca a aplicar, para lamento de los que pensaban hacer negocio con el contrabando de chupetes. Entonces, ¿a qué se debía semejante ojeriza contra tal instrumento y, por extensión, contra cualquier gesto de succión? ¿Por qué castigar a los niños franceses de los años 1910 con esta privación? ¿Por qué les ataban los brazos, les ponían guantes o les inmovilizaban los codos con tubos de cartón? ¿Por qué les cubrían los dedos con productos repulsivos?

Desde comienzos del siglo XX, los manuales de puericultura se alzaron en contra del chupete, con argumentos de lo más retorcidos: que si era sucio, poco estético, que si provocaba gases o fomentaba malos hábitos, que si iba en contra de la lactancia, que cansaba al bebé, le deformaba la mandíbula o le estropeaba los dientes, que si causaba otitis... El pulgar también era acusado de perjuicios diversos. El más conocido era que empujaba los incisivos superiores hacia delante, algo que nunca se ha demostrado.

 

Las modas vienen y van, pero el chupete sigue ahí

En el fondo, no nos gustaba la idea de que los bebés tuvieran la potestad de proporcionarse esa satisfacción física, con independencia de lo que decidieran darle los adultos. Freud, que no tenía pelos en la lengua, escribió: "La succión del pulgar es un modelo de manifestaciones sexuales infantiles y ningún investigador debe dudar de este carácter sexual". También explicaba que descubrir la zona erógena de los labios llevaba más tarde al individuo a buscar los labios de otra persona. Los enemigos del chupete y del pulgar no habían leído al padre del psicoanálisis y, claro está, se les escapaban las profundas implicaciones de su reticencia. Para ellos, el inocente chupete era poco menos que un objeto diabólico.

Los años 60 y 70 fueron también testigos de encendidos debates sobre el tema en el campo de la puericultura, pero el chupete salió de nuevo indemne de todos los embates. Socialmente, de popular, pasó a ser más bien burgués. Las clases altas y los intelectuales, que lo desdeñaban en los años 60 por considerarlo vulgar, lo adoptaron a lo largo de la década siguiente, convencidos por los argumentos de algunos psiquiatras infantiles.

 

Succionar, mamar para reconfortarse

La succión, que le resultará necesaria para alimentarse desde el nacimiento, forma parte del desarrollo psicomotriz del feto. Algunos automatismos orales aparecen ya con tan sólo 8 semanas de vida en el interior del útero. La succión ya es posible a las 12 semanas y, un poco más tarde, hacia la semana 16, el feto es capaz de chuparse el pulgar.

Estadísticamente, un 80 % de los bebés se chupan el pulgar, y un 40 % de ellos siguen haciéndolo después de los dos años. Todos los bebés, ya desde las primeras semanas de vida, se llevan las manos a la boca e intentan chuparse los dedos, algo que, a veces, es indicativo de que tienen hambre. Este fenómeno universal es lo que llamamos la "succión no nutritiva", para distinguirla de la succión alimentaria. Pasado un tiempo, a veces un mes o dos, algunos bebés "descubren" su pulgar, otros no. Para estos últimos, se plantea el dilema del chupete: ¿hay que dárselo o no? ¿Es bueno el chupete? La succión del pulgar entre los lactantes suele ser un estado de transición hacia el sueño, un gesto que los calma en los momentos de tensión. Los bebés que no se chupan el pulgar parecen desprovistos de este mecanismo cuando se ponen nerviosos, les cuesta conciliar el sueño, intentan morderse el puño frenéticamente y terminan por romper a llorar. La succión es uno de los pocos recursos de que disponen los niños pequeños para combatir la tensión y encontrar la calma por sus propios medios.

La cuestión del chupete no se plantea en las culturas en las que el bebé está permanentemente pegado a su madre y tiene acceso al pecho siempre que quiere, convirtiéndose éste en el objeto apaciguador por excelencia. En Occidente, algunas mujeres que dan el pecho han optado por este sistema, que lógicamente exige un grado de disponibilidad altísimo. También se puede combinar la lactancia con el chupete si, por ejemplo, se quiere que el niño se duerma solo en vez de dándole el pecho.

 

No hay que tener miedo al chupete

Como demuestran los debates que suscita, los que tienen problemas con el chupete, los que lo critican de manera ambigua, no son precisamente los bebés, sino nosotros, los adultos. Representa para nosotros un alivio cuando tranquiliza al bebé y, en cambio, nos resulta intolerable verlo con cinco años todavía con él en la boca, con lo mayor que es ya. Entonces, se convierte en objeto de reproches y reprimendas para conseguir que se deshaga de él lo antes posible. ¿Por qué? En el fondo, ya no nos gusta que sea un bebé, nos molesta, y el chupete despierta viejos fantasmas. Esta vez, estigmatiza a nuestro hijo de inmaduro, dependiente, pusilánime, regresivo, etc. El chupete llevará siempre consigo un halo de angustia. Este pequeño objeto concentra el miedo a la dependencia. Confiemos primero en nuestros hijos, que son mucho menos dependientes que nosotros mismos… Un día serán ellos los que ya no querrán ser bebés delante de sus amiguitos, y dejarán olvidado en un rincón a su antes querido chupete. El hecho puede ocurrir por etapas: lo tiro, lo vuelvo a pedir cuando me hace falta, cuando estoy cansado… Hay que tener paciencia, no forzarles, aunque el chupete nos traiga de cabeza, porque cualquier esfuerzo puede conseguir el efecto contrario al que perseguíamos. Para el psiquiatra infantil británico Bowlby, el chupete es un sustituto de la figura del apego, es decir, reconforta al niño cuando no estamos, algo habitual al empezar el parvulario. Por eso, a menudo, es un paso crítico la primera vez que van a la escuela. No es el mejor momento para exigirle a un niño que deje el chupete. Al contrario, hay que reconfortarlo, actuar con indiferencia e intentar más bien reconciliarnos con el chupete, que, a fin de cuentas, tiene su utilidad.

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