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Quiero educarle bien

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Dicen que ocuparse de un bebé es sencillo, “natural”: ¡sigue tu instinto, deja salir a la madre que llevas dentro y todo irá bien! La “naturaleza” está allí, eso es innegable, pero sobre todo para los temas de puericultura, depende de cada cultura…

Martes, Mayo 10th, 2016

¿Qué hacer, a quién creer? Aunque no hayas comprado un solo un libro de puericultura y aunque nadie te haya ofrecido uno, no habrás podido evitar grandes controversias, cuestiones que te han sumido en profundas reflexiones al ser madre: ¿el biberón, a 35 °C o a temperatura ambiente? ¿Cuántos debe tomar cada día? ¿Y si no se lo acaba? ¿Y si pide más? ¿Hasta qué edad es necesario esterilizarlo? ¿Qué hago si no para de llorar? ¿Es bueno espesar el biberón de la noche? ¿A qué edad puede empezar a comer huevo? ¿Y arándanos? ¿Es malo ponerlo en un parque? ¿Y en un tacataca?

 

Eres perfectamente consciente de que ni tus compañeros de trabajo, ni tus amigos, ni tu cuñada/cuñado ni tan siquiera tu hermana comparten tu forma de ver las cosas, que cada uno tiene su teoría: hay la del pediatra, la del especialista de la radio, la de la revista, la de los foros... Pero lo más exasperante es que tu suegra está harta de lo que tú piensas y que tu madre critica todo lo que haces en nombre de un supuesto “nosotros” (“nosotros lo hacíamos así”). ¡Te saca de quicio!

 

El peso de la educación

La puericultura no es una ciencia exacta, se basa en la cultura de cada país, vehicula una idea de la madre, del bebé y de la familia que cambia a lo largo del tiempo. Su discurso no ha dejado de evolucionar desde su aparición, a principios del siglo XX, en los primeros manuales destinados a la educación de las jóvenes madres. En ese momento, el objetivo era educar a una mujeres inocentes, ignorantes, completamente perdidas sin las reveladoras pautas de un buen médico. El discurso de esa época, autoritario y “científico”, estaba pensado para formar a entregadas madres de familia: “el principal trabajo de la mujer es el de esposa y madre” se decía en los años treinta.
La puericultura era por aquel entonces una cuestión muy seria y reglamentada: “firmeza y constancia” eran las principales virtudes que debía demostrar la joven mamá.
Hoy la situación no puede ser más distinta y las respuestas a cómo ser madre se multiplican. ¿Recibes tantos consejos contradictorios que no sabes qué creer? En la clínica te han dicho que el bebé debe comer cada tres horas, ni más ni menos, pero en otros sitios has leído o escuchado que es preferible dar biberón o pecho al niño siempre que lo pida. Tienes la sensación de que siempre tiene hambre y ya no sabes qué hacer... Seguro que no tendrías todas estas dudas si hubieras nacido en los años sesenta: “Esta regla, que debe aplicarse puntualmente, en las horas fijadas previamente, explica cómo cuidar a un bebé”. Esto es lo que aprendía una madre en 1960; en esa época la mamá despertaba al bebé para darle de comer a la hora indicada y dejaba que llorara todo lo que hiciera falta si tenía hambre fuera de estos horarios. Es muy posible que esto fuera lo que vivió tu madre, que piensa que eres un poco desorganizada y que eres una “esclava” de tu bebé. Y no es sorprendente: hasta mediados de los años setenta, una de las normas inquebrantables de la puericultura era no ceder a los “caprichos” del bebé. Había que educarlo para que se adaptara al proyecto que teníamos preparado para él: un bebé que comía y dormía según las horas establecidas, que ganaba el peso necesario (había que pesarlo después de cada toma), que se quedaba en su habitación si no tenía unas “necesidades” particulares, que aprendía sus rituales de higiene a la edad fijada, etc.
Por ello, no es extraño encontrarse con abuelos que de vez en cuando dicen entre suspiros: “¡Los niños de nuestra época se portaban mejor!” o “antes no nos hacíamos tantas preguntas y todo iba bien...”

 

La madre distante o inseparable, una cuestión de plena actualidad

En los libros de puericultura de antaño, el día a día perfecto de las madres funcionaba como un reloj: primera toma o primer biberón a las 6 h, baño a las 9.30 h (después de la segunda toma o el segundo biberón) en una habitación a entre 18 y 20 °C, un paseo por el parque entre las 10 y las 16 h (15 minutos la primera vez y cada día un poco más), regreso a casa del padre, quien “disfrutará” un poco de su hijo limpio, cambiado, con el estómago lleno y preparado para irse a la cama... Si el bebé llora por la noche, nadie se levanta, para que pierda rápido esa “mala costumbre”. Y, como es evidente, la madre ideal no trabaja. ¿Quién mejor para cuidar de sus pequeños retoños? ¿Quién se habría pasado días enteros en la taza del váter con un bebé de 4 meses para que aprenda las rutinas de higiene lo antes posible?

Otra cosa era que esta madre perfecta y entregada disfrutara cuidando de su pequeño, algo impensable y absolutamente reprobable: ¡No lo cojáis en brazos!, alertaban los autores de los manuales. ¡No cedas a sus encantos! De lo contrario, no podrás dar marcha atrás y te reclamará todo el rato. La distanciación del cuerpo del niño es un hito de la puericultura de antaño, que ha tenido una profunda influencia. En un estudio realizado en Francia en 1993, más de dos tercios de las madres respondieron que no era bueno que el bebé cogiera la mala costumbre de estar en brazos... En cambio, investigaciones realizadas en otras zonas culturales (África, India, América del Sur, Japón...) revelan la proximidad permanente del cuerpo de la madre y del bebé durante el primer año de vida, para mayor satisfacción del pequeño, a menudo más tranquilo y “fácil” que los bebés occidentales.
Por este motivo, hoy es habitual escuchar teorías un poco contradictorias en torno a este tema: se fomenta mucho la proximidad física entre los padres y el bebé, se recomienda no dejarle llorar... pero, por otro lado, se habla de la necesaria autonomía del bebé, que debe aprender a dormir solo gracias a los “rituales” para acostarse, a veces auténticos métodos milagro, una especie de “coaching” que le permitirá dormir tranquilamente en su cama sin reclamar a sus padres en solo una semana. Y a eso debemos añadir que todo el mundo tiene una opinión sobre cómo ser madre y que todos los que han criado a sus hijos una generación o dos antes (tu madre o abuela, por ejemplo, y quizá también tu pediatra o la comadrona) tienen muy interiorizadas las ideas del bebé “caprichoso” y que no podrán evitar decirte que estás demasiado pegada a tu hijo o que eres “débil” con él y que cuando crezca hará lo que le dé la gana.

 

Un método no es un dogma

La vida de las mujeres ha cambiado mucho y también nuestra forma de aproximarnos a los bebés y ser madres, una evolución que se ha producido al mismo tiempo que aumentaba nuestro interés por su desarrollo psíquico. A partir de los años setenta, las obras de puericultura cambiaron el tono y dejaron de dar órdenes y más órdenes a las madres. El bebé a medida ha dejado paso a un bebé con sus diferencias y singularidades, con su ritmo, sus preferencias, con muchas más necesidades que las puramente biológicas. Ahora ya no hay solo un modelo de madre (ama de casa, entregada en cuerpo y alma a sus hijos y a su marido), sino madres que trabajan o no trabajan, que viven en pareja o solas, que tienen varios hijos o solo uno... y el padre ya no es el gran ausente de antaño.
Aun así, actualmente existen también modas y tendencias, formas de proceder que seguramente consideraremos absurdas o superadas con el paso de los años. Y, si bien es difícil tomar distancia y mirar las cosas con perspectiva, es importante sentir que lo que estamos haciendo se ajusta a nuestra sensibilidad y a la de nuestro pequeño, sin utilizar nunca métodos en los que intentamos creer artificialmente... pero que no nos convencen del todo. Si preferimos el carrito al portabebés, por ejemplo, no hay motivo para sucumbir a los cantos de sirena sobre las maravillas de llevarlo a cuestas! Si por la noche tu bebé solo quiere dormirse en tus brazos y a ti te encanta, ¿por qué hacer caso a las palabras acusadoras de tu entorno? El bebé se adapta rápidamente a todo lo que hacemos con alegría, pero al mismo tiempo tiene una capacidad innata para notar que hacemos algo a regañadientes. Por ello, un método que funciona a la perfección a nuestros vecinos puede resultar un auténtico fracaso en nuestra familia.
Lo que funciona es lo que haces a tu manera, a tu ritmo... esa forma de hacer las cosas que integra todas las influencias cruzadas y que hace que cada educación sea única.

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